Magdalena Fleitas. Es su nuevo disco, “Risas del agua”, la cantautora enhebra ritmos folclóricos con sonidos acuáticos.
Alejandra Herren. Especial Para Clarín
Las canciones se enhebran como un collar de perlas en el nuevo CD de la cantautora Magdalena Fleitas, Risas del agua , el cuarto de su carrera.
En la nueva realización, los ritmos folclóricos hispanoamericanos conducen el recorrido musical, acunados por sonidos de agua. Huayno, son, cumbia colombiana, taquirari, zamba, vallenato, chamamé, compuestas por Fleitas, se hermanan con canciones populares gallegas, venezolanas, brasileñas, cubanas para dibujar este variopinto abanico de coloraturas rítmicas a lo largo de 31 tracks.
Como si se tratara de la oscilación de las olas o del curso de un arroyo, las canciones van produciendo un dulce vaivén, con remansos de temas cantados a capella por niños (verdaderas perlas, como La canción del pececito ), cuyas voces dan, además, pinceladas continuas de frescura y alegría.
Evidentemente, Magdalena Fleitas concibe sus discos como una totalidad y en equipo, porque cada miembro de su banda, integrada por Valeria Donati, Fernando Tomasenía, Martín Boffi, Mariano Gora y Gabriel Ostertag, aporta ideas y arreglos. Las voces ocupan un lugar tan importante como los ritmos, gracias a los arreglos vocales y al coro de niños.
“Cada disco va creciendo de a poco -cuenta Magdalena-, con inspiración, idas y vueltas, ensayo y error. Este disco lo fuimos presentando con la banda y así seleccionamos las canciones, de acuerdo a la respuesta del público. Por otro lado, mi gusto por los ritmos folclóricos viene de escuchar y de viajar por el país; me gustan las voces auténticas, aquellas que cuentan algo del lugar, del paisaje, de la gente. En mi casa se oía de todo, pero a mi papá le gustaban las cuecas cuyanas y a mi mamá los ritmos latinoamericanos, y así también fui encontrando mi lugar y mis gustos en el folclore, fusionado con mi vida urbana.” El resultado es igualmente disfrutable para los adultos como para los niños. “La música es música para todos -explica Fleitas-. Creo que es importante que los papás disfruten lo que sus hijos escuchan y viceversa, porque así se va creando el amor por la música y cobra sentido escuchar”. Cuando habla de educar a los niños en el gusto por la música, Fleitas lo hace con la autoridad que le da el hecho de ser la fundadora y directora del Centro Cultural Risas de la Tierra, un jardín musical para niños.
En el año 1594 Santa Cecilia fue nombrada patrona de la música por el Papa Gregorio XIII y, a través de los siglos, su figura ha permanecido venerada por la humanidad con ese padrinazgo. Su fiesta es el 22 de noviembre, fecha que corresponde con su nacimiento y que ha sido adoptada mundialmente como el Día de la Música.
El padrinazgo de la música le fue otorgado por haber demostrado una atracción irresistible hacia los acordes melodiosos de los instrumentos. Su espíritu sensible y apasionado por este arte convirtió así su nombre en símbolo de la música.
La Oda para el Día de Santa Cecilia (Ode for St. Cecilia’s Day) y La fiesta de Alejandro de Händel, son poemas musicalizados que escribió el poeta John Dryden para el Día de Santa Cecilia de 1687 y 1697, respectivamente) por encargo de la Sociedad Musical de Londres
Ambos poemas reflejan el ideal clásico de que el orden del ser humano y de la sociedad reflejan el orden universal, y que el arte (en este caso, la música) impone el orden sobre el caos.
La campaña “Why Pink Floyd…?” se halla en pleno en la concreción del lanzamiento de música inédita de los archivos de la legendaria banda, un box set de colección llamado “Discovery”, así como todas las grabaciones de estudio remasterizadas.
La campaña Why Pink Floyd…? Incluye música inédita de sus archivos, cajas para coleccionistas y los discos completos de estudio remasterizados.
Se tienen preparados tres lanzamientos con todos estos materiales, el primero tuvo lugar el 26 de septiembre, el segundo actualmente en noviembre y el tercero el 27 de febrero del 2012.
Pink Floyd ha vendido a la fecha más de 200 millones de discos en todo el mundo. En 1967 el grupo lo formaban Syd Barrett, Roger Waters, Nick Mason y Richard Wright. Barrett salió en 1968, para ser reemplazado por David Gilmour. Syd Barret murió en 2006; mientras que Richard Wright murió en 2008, todo el legado que ellos construyeron, se lanzará de la siguiente manera.
Primera entrega: Septiembre 26, 2011
Los 14 discos en estudio remasterizados, ediciones ‘Discovery’.
Caja con los 14 discos y un libro
Descargas digitales
The Dark Side of The Moon – Ediciones ‘Immersion’ y ‘Experience’, LP .
Segunda entrega: Noviembre 7, 2011
A Foot In The Door -The Best of Pink Floyd
Wish You Were Here – Ediciones ‘Immersion’ y ‘Experience’, LP.
Tercera entrega: Febrero 27, 2012
The Wall – Ediciones ‘Immersion’ y ‘Experience’, LP.
La Colección ‘Discovery’, que integra el primer lanzamiento del 26 de septiembre incluye los 14 discos en estudio, todos han sido cuidadosamente remasterizados digitalmente por James Guthrie (co- productor de The Wall), y serán puestos a la venta con nuevos empaques y folletos creados por el colaborador del grupo Storm Thorgerson. Los discos ‘Discovery’ están diseñados como una introducción al artista, y todos los folletos incluirán las letras completas de todas las canciones. VER DISCOGRAFÍA
Una de las más grandes bandas de la historia del rock, que ha logrado impactar generación tras generación, festejaron su 40 Aniversario con la edición limitada doble de sus primeros cinco álbumes de estudio -remasterizados, con bonus tracks inéditos, nuevo contenido gráfico y textos, arte de tapa y diseño superior.
Para disfrutar de su música te proponemos escucharlos en esta excelente edición y verlos en un DVD imperdible.
Hay que poner en forma a ese violín, mudo, quieto y ciego durante casi un siglo. Estuvo 83 años durmiendo en su estuche, dentro de una cámara del Museo Isaac Fernández Blanco, guardado bajo siete llaves, como corresponde a un Guarnerius de 1732 . Pero es un instrumento tan noble, que ni siquiera la bomba que en 1992 hizo volar la embajada de Israel, a pocos metros, le ha mellado su exquisito sonido.
Pablo Saraví sabe cómo tratarlo: además de concertino de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, es “catador de violines”. Es miembro de la Violin Society of America, y autor del libro Liutería italiana en la Argentina.
En ese país se construyeron los instrumentos de cuerda más afamados, sobre todo en Cremona. Allí vivía la familia Guarneri, cuyo taller estaba en la misma cuadra que el de Antonio Stradivari. Sin embargo, los Stradivarius se hicieron más famosos que los Guarnerius.
Quienes tocan un instrumento de cuerda no harían distingos entre unos y otros. A punto tal, que sus precios son igualmente pasmosos: en 2008, un Guarnerius del Gesù –los más valorados– se subastó en 4 millones de dólares, y otro está en venta en Chicago por 18 millones.
Violinista aficionado, Isaac Fernández Blanco lo adquirió en un remate en París, por 30.800 francos, una cifra más que respetable para 1900. Dos meses antes, en febrero, había muerto su dueño, el compositor y violinista Jules Armingaud, fundador del cuarteto que llevaba su apellido, que fue célebre en su época.
Si bien hoy se llama Museo de Arte Hispanoamericano, Fernández Blanco había iniciado su colección, hacia 1880, con instrumentos musicales. “En aquel momento, Argentina era una potencia agrícola, y la élite viajaba a París, donde Fernández Blanco también estuvo viviendo”, cuenta el director del museo, Jorge Cometti. Amaba tanto su Guarnerius, que en 1900 se hizo retratar con él por el famoso pintor francés Léon Bonnat.
Al regresar en 1901, se estableció en su casa de Hipólito Yrigoyen 1420 (entonces calle Victoria), que hizo ampliar y decorar por Alejandro Christophersen, uno de los grandes arquitectos de ese tiempo. Continuó comprando instrumentos y fue conformando las magníficas colecciones de platería, imaginería, pintura, documentos históricos, indumentaria y numismática, entre otras.
En 1922, Fernández Blanco donó todo ese patrimonio a la Ciudad y fundó el museo en su casa. Fue el primer museo privado de Buenos Aires, y él, su primer director. Tras su muerte, en 1928, el Guarnerius enmudeció. En 1943, el acervo fue trasladado al Palacio Noel, donde se encuentra ahora (Suipacha 1422), y la casa de la calle Hipólito Yrigoyen fue convertida en oficinas de la Secretaría de Hacienda.
Entre 1948 y 1958, la colección de instrumentos fue trasladada al foyer del Teatro Colón: 49 piezas –sobre todo cuerdas– y 20 arcos. Sólo el Guarnerius permaneció oculto y en secreto.
Lo que iba a ser un préstamo temporario, duró hasta 2006, cuando se decidió “gestionar la colección desde un punto de vista museológico: mejorar sus estándares de conservación, investigarla y exhibirla”, explica Cometti. En 1999 se había recuperado la Casa Fernández Blanco, que está siendo restaurada para ser la segunda sede del museo. Allí volverán los instrumentos, además de colecciones que hoy no están exhibidas.
El museo ya lleva varios años desarrollando una intensa temporada de música de cámara, con más de cien conciertos al año. En ese contexto fue convocado Pablo Saraví, para evaluar los violines. “Me costó creer lo que veía”, confiesa el músico, quien utiliza un Guarnerius Petrus que tiene en préstamo.
Coincidió con una visita del prestigioso luthier y restaurador argentino Horacio Piñeiro, radicado en Nueva York desde los ’70, quien hizo la puesta a punto sin cobrar un centavo. Tampoco cobró por poner en condiciones otros dos violines muy valiosos: un Santo Serafín (Venecia, c.1730) y un Gioffredo Cappa (Saluzzo, c.1690). Son más angostos a la altura de las efes –la “cintura” del instrumento–, y su timbre es más incisivo. El Guarnerius Armingaud/Fernández Blanco tiene un sonido más voluminoso, y más profundo en los graves.
Los tres podrán ser oídos en un CD que produjo Leila Makarius y que acompaña el libro de Saraví Un Guarnerius en Buenos Aires , gracias a la Asociación Amigos del Museo y a American Express, a través de la Ley de Mecenazgo. “Si hay otros instrumentos que merecen volver a la vida sonora, el museo va a hacer el esfuerzo –promete Cometti–. No cualquier mano puede trabajar con instrumentos de semejante valor”.
Hay que poner en forma a ese violín, mudo, quieto y ciego durante casi un siglo. Estuvo 83 años durmiendo en su estuche, dentro de una cámara del Museo Isaac Fernández Blanco, guardado bajo siete llaves, como corresponde a un Guarnerius de 1732 . Pero es un instrumento tan noble, que ni siquiera la bomba que en 1992 hizo volar la embajada de Israel, a pocos metros, le ha mellado su exquisito sonido.
Pablo Saraví sabe cómo tratarlo: además de concertino de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, es “catador de violines”. Es miembro de la Violin Society of America, y autor del libro Liutería italiana en la Argentina.
En ese país se construyeron los instrumentos de cuerda más afamados, sobre todo en Cremona. Allí vivía la familia Guarneri, cuyo taller estaba en la misma cuadra que el de Antonio Stradivari. Sin embargo, los Stradivarius se hicieron más famosos que los Guarnerius.
Quienes tocan un instrumento de cuerda no harían distingos entre unos y otros. A punto tal, que sus precios son igualmente pasmosos: en 2008, un Guarnerius del Gesù –los más valorados– se subastó en 4 millones de dólares, y otro está en venta en Chicago por 18 millones.
Violinista aficionado, Isaac Fernández Blanco lo adquirió en un remate en París, por 30.800 francos, una cifra más que respetable para 1900. Dos meses antes, en febrero, había muerto su dueño, el compositor y violinista Jules Armingaud, fundador del cuarteto que llevaba su apellido, que fue célebre en su época.
Si bien hoy se llama Museo de Arte Hispanoamericano, Fernández Blanco había iniciado su colección, hacia 1880, con instrumentos musicales. “En aquel momento, Argentina era una potencia agrícola, y la élite viajaba a París, donde Fernández Blanco también estuvo viviendo”, cuenta el director del museo, Jorge Cometti. Amaba tanto su Guarnerius, que en 1900 se hizo retratar con él por el famoso pintor francés Léon Bonnat.
Al regresar en 1901, se estableció en su casa de Hipólito Yrigoyen 1420 (entonces calle Victoria), que hizo ampliar y decorar por Alejandro Christophersen, uno de los grandes arquitectos de ese tiempo. Continuó comprando instrumentos y fue conformando las magníficas colecciones de platería, imaginería, pintura, documentos históricos, indumentaria y numismática, entre otras.
En 1922, Fernández Blanco donó todo ese patrimonio a la Ciudad y fundó el museo en su casa. Fue el primer museo privado de Buenos Aires, y él, su primer director. Tras su muerte, en 1928, el Guarnerius enmudeció. En 1943, el acervo fue trasladado al Palacio Noel, donde se encuentra ahora (Suipacha 1422), y la casa de la calle Hipólito Yrigoyen fue convertida en oficinas de la Secretaría de Hacienda.
Entre 1948 y 1958, la colección de instrumentos fue trasladada al foyer del Teatro Colón: 49 piezas –sobre todo cuerdas– y 20 arcos. Sólo el Guarnerius permaneció oculto y en secreto.
Lo que iba a ser un préstamo temporario, duró hasta 2006, cuando se decidió “gestionar la colección desde un punto de vista museológico: mejorar sus estándares de conservación, investigarla y exhibirla”, explica Cometti. En 1999 se había recuperado la Casa Fernández Blanco, que está siendo restaurada para ser la segunda sede del museo. Allí volverán los instrumentos, además de colecciones que hoy no están exhibidas.
El museo ya lleva varios años desarrollando una intensa temporada de música de cámara, con más de cien conciertos al año. En ese contexto fue convocado Pablo Saraví, para evaluar los violines. “Me costó creer lo que veía”, confiesa el músico, quien utiliza un Guarnerius Petrus que tiene en préstamo.
Coincidió con una visita del prestigioso luthier y restaurador argentino Horacio Piñeiro, radicado en Nueva York desde los ’70, quien hizo la puesta a punto sin cobrar un centavo. Tampoco cobró por poner en condiciones otros dos violines muy valiosos: un Santo Serafín (Venecia, c.1730) y un Gioffredo Cappa (Saluzzo, c.1690). Son más angostos a la altura de las efes –la “cintura” del instrumento–, y su timbre es más incisivo. El Guarnerius Armingaud/Fernández Blanco tiene un sonido más voluminoso, y más profundo en los graves.
Los tres podrán ser oídos en un CD que produjo Leila Makarius y que acompaña el libro de Saraví Un Guarnerius en Buenos Aires , gracias a la Asociación Amigos del Museo y a American Express, a través de la Ley de Mecenazgo. “Si hay otros instrumentos que merecen volver a la vida sonora, el museo va a hacer el esfuerzo –promete Cometti–. No cualquier mano puede trabajar con instrumentos de semejante valor”. (Fuente: nota de Sibila Camps – Clarín – 8/11/2011)
El compositor y guitarrista está presentando dos discos: uno con música sinfónica y de cámara; el otro, junto a su notable cuarteto. Como su maestro Manolo Juárez, Espel maneja un doble perfil, como creador “clásico” y “popular”.
Publicar un disco, en la Argentina, no es fácil. Editar dos al mismo tiempo es casi imposible. Y que cada uno de ellos explore una faceta diferenciada de la actividad de un músico es altamente improbable. Guillo Espel, compositor y guitarrista, factótum del recordado trío La Posta, acaba de hacer exactamente eso. Por un lado sacó a la venta Hojas de hierba, con música sinfónica y de cámara, y por el otro A otro lugar, junto a su cuarteto, con Alejandro Guerschberg en bandoneón, Oscar Albrieu Roca en vibráfono y Alfredo Zuccarelli en cello. Los viene presentando en vivo, con compañeros que van desde la Sinfónica de la UBA (con la que tocó como invitado), a la cantante Guadalupe Farías Gómez o un quinteto de cuerdas. Y este jueves a las 19, en el Auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional, y el próximo martes 15 a las 20.30, en el Teatro Alvear, volverá a hacerlo. Y si sus discos son distintos entre sí, también lo serán sus actuaciones.
“Abordar diferentes formas e instrumentaciones tiene que ver con plantearme un desafío interno”, explica Espel, que en el concierto de esta semana se ceñirá al formato más acústico y restringido del cuarteto y en la presentación siguiente ampliará la gama de posibilidades con numerosos invitados: un quinteto de cuerdas integrado por Leandro Sandroni y Emilia Tisera en violines, Marina Torres en viola, Florencia Genera en cello y Pablo Bruni en contrabajo, con arreglos originales para la ocasión, los cantantes Abel Pintos, Agustina Galdeano y Guadalupe Farías Gómez, el cellista Federico Sarudiansky y el percusionista Germán Gómez. “No se trata sólo de expresarme –dice Espel–, sino de encontrar distintas posibilidades expresivas y de resolver problemas de composición.” La conformación del cuarteto, en ese sentido, ya es un buen punto de partida. Hay allí un bandoneón (que, claro, no toca tango), una guitarra, un vibráfono y un cello. No es un instrumental frecuente y, sin embargo, suena con absoluta naturalidad. “Son cuatro instrumentos que comparten un registro y una extensión, de los medios a los graves, y eso obliga a pensarles una identidad a cada uno y a cada una de las combinaciones posibles entre ellos. De todas maneras el timbre no es lo central. No es eso lo que determina a la música sino lo contrario. La instrumentación está para dejar que a través de ella se escuche la música. Los instrumentos nunca son una masa, una sumatoria, sino un abanico de detalles posibles. Mi modelo, sin duda, es George Martin.”
Discípulo de Manolo Juárez, Espel es posiblemente quien más ha hecho en la senda comenzada por su maestro, donde ciertos materiales musicales de las tradiciones rurales argentinas encuentran un desarrollo y una complejidad emotiva nuevos. Pero la relación, en este caso, va mucho más allá de los meros protocolos de la enseñanza e incluso de la elección de una búsqueda estética. Espel, como Juárez, maneja un doble perfil, como compositor “clásico” y “popular”. Como él, mantiene ambos campos con una relativa independencia y, no obstante, en cada uno de ellos se notan los saberes adquiridos en el otro. “Tanto en uno como en otro caso, la música está escrita casi por completo. No se trata tanto de diferencias de procedimientos interpretativos como de cosas puestas en juego en el momento de la composición. No es que con el cuarteto se improvise más y en las obras de cámara o sinfónicas menos. En rigor no hay improvisación en ninguno de los dos lados. Ambas músicas comparten la recurrencia a ciertos ritmos y ciertos elementos del folklore y además, supongo, habrá cosas mías que aparecen en ambas partes. Pero son músicas distintas. Es posible que se enriquezcan entre sí y hasta que sin unas no existieran las otras. Pero son diferentes.”
Más allá del lugar dado a la escritura –y a la figura del compositor–, Espel reivindica el papel de los integrantes de su cuarteto y del trabajo grupal. “Siempre aparecen maneras, fraseos nuevos, que no son los que yo había imaginado, pero surgen de allí y agregan algo que a mí jamás podría habérseme ocurrido sin la creatividad de mis compañeros.”
En Hojas de hierba participan, entre otros, el grupo Paralelo 33, haciendo “Luz que mece un grillo y la luna”, la pianista Fernanda Morello (que toca Tres nocturnos) y la Compañía Oblicua, que dirige Marcelo Delgado, interpretando “Ella vistió bermellón sin rimmel”, un título de clara raigambre spinettiana. En A otro lugar se incluyen, además de composiciones de Espel, temas tradicionales y algunas piezas de otros integrantes del grupo. En varias de esas composiciones el instrumental se amplía con voces (de Guadalupe Farías Gómez y Abel Pintos), cellos y trombones, cuatro o percusión. Y en el disco aparecen, también, dos pistas multimedia en las que el cuarteto actúa junto a la Orquesta Sinfónica Provincial de Bahía Blanca. Espel, que a sus amores por Luis Alberto Spinetta, George Martin, Los Beatles en general y Paul McCartney en particular, suma la devoción por Jobim, resume su mirada sobre la música con apenas dos palabras: “Es forma”. (Fuente: Nota de Diego Fisherman – Diario Página 12 – 1/11/2011
Abajo y para ir disfrutando, La Nochera, un tema del CD “A otro lugar”
Cuenta Anton F. Schindler (1795-1864) en su “Biographie von Ludwig van Beethoven” que nuestro compositor conservaba dos frases enmarcadas sobre su mesa de trabajo:
“Ich Bin, Was da ist. Ich bin alles, was ist, was war, und was sein wird, Kein sterblicher Mensch hat meinen Schleier aufgehoben”
“Er ist einzig von ihm selbst, u. diesem Einzigen sind alle Dinge ihr Dasein schuldig”.
Schindler fue uno de sus primeros biógrafos y llegó a conocerlo personalmente. Sin embargo, este lujo no le aporta a su trabajo biográfico más credibilidad de la poca que goza hoy en día. Tanto es así que Maynard Solomon (n. 1930), un biógrafo más moderno del compositor de Bonn, ha llegado a decir acerca de Schindler que “su propensión a la inexactitud y a la fabricación fue tan grande que virtualmente nada de lo que registró puede ser creíble a menos que se apoye en otra evidencia…”
Sea como fuere, no se equivocaba Schindler en la relación de las frases anteriores, y podemos comprobarlo gracias a la evidencia que nos facilita la Beethoven Haus Bönn. He aquí el facsímil del papel manuscrito original:
La traducción de la primera frase no es muy difícil:
“Yo soy lo que es. Yo soy todo lo que es, lo que fue y lo que será.
Ningún mortal ha levantado mi velo”.
La segunda ya se complica un poco más pero me arriesgo también:
“Él es uno, existe por sí mismo,
y a esa unidad todas las cosas le deben su existencia”.
Estas frases, al parecer, están tomadas del ensayo de Friedrich Schiller (1759-1805) “Die Sendung Moses”, pero se ha descubierto que se remontan por lo menos al Egipto Saítico y a los misterios órficos de la antigüedad.
Ni Schiller ni Beethoven eran masones. Es interesante que Beethoven no lo haya sido si tenemos en cuenta que J. Haydn, su maestro, sí lo era -por recomendación nada menos que de W. A. Mozart- y era algo bastante común en el círculo aristocrático vienés en el que el compositor de Bonn se desenvolvía.
Uno de los aspectos menos comentados de L. v. Beethoven es el que hace referencia a su misticismo. Al parecer no era un hombre externamente religioso y no hay muchos más datos al respecto. Su música, sin embargo, es un testimonio bastante elocuente. Sus sinfonías y conciertos están llenos del espíritu de lo heroico. Su ópera Fidelio es una gran metáfora de la liberación del alma (Florestán) de las cadenas de las bajas pasiones simbolizadas por Don Pizarro. Sus cuartetos de cuerdas y sonatas para piano se van desnudando de lo terrestre hasta quedar en puro espíritu en sus últimos números de Opus. Su música toda es una verdadera fenomenología del espíritu humano.
A continuación y como prueba de concepto, la Sonata No.17 en Re menor, Op.31, No. 2, (1er mov.), llamada “La Tempestad”. El sobrenombre está muy difundido aunque últimamente se cree que no es del compositor alemán. Parece que se popularizó desde que el poco confiable A. Schindler relatara -en su biografía mencionada más arriba- que Beethoven al explicarle a su editor de qué trataba la música de esta sonata le dijo ¨lea La Tempestad de Shakespeare¨. No sabemos si sucedió o no. A mí me gusta creer que sí y me pregunto si alguna vez lo develaremos. (Fuente: Artículo de Rafael Compte publicado originalmente en: blog.rafaelcompte.com.ar.
Abajo: Una espléndida interpretación del maestro Daniel Barenboim de la Sonata Nº 17 Op.31, Nº2
En una época en que la nostalgia cotiza cada vez más alto en el seno de la industria musical –algo que la realidad nos demuestra a diario ante cada nueva reunión de bandas legendarias, desde Guns N’ Roses hasta Illya Kuryaki–, Diego Frenkel toma posición: “no hay ninguna vuelta de La Portuaria en los planes”. Por el contrario, sigue presentando su disco solista más reciente, El día después , un cambio rotundo con respecto a su trabajo anterior y que él mismo define como “un renacer artístico”. Habiendo grabado buena parte del disco en su propio hogar, Frenkel se pone introspectivo, pero al mismo tiempo rechaza la posibilidad de encerrarse en sí mismo, buscando la universalidad más allá de que hoy cante en primera persona.
¿Es cierto que atravesó un período de bloqueo previo a la salida de este disco?
La realidad es que cada tanto el síndrome de la hoja en blanco aparece, y es una suerte, porque significa que algo internamente se está reciclando. Uno no compone automáticamente. En mi caso particular, creo que los casi dos años que estuve sin componer fueron una especie de plan inconsciente, un período de gestación gracias al cual después fueron saliendo canciones inesperadas para mí. Me abrió la posibilidad de reformular mi manera de escribir y de hacer música en general. Me encontré con algo que me sorprendía y eso me hizo sentir que renacía artísticamente y que no me estaba repitiendo.
¿Siempre lo asimiló como un proceso natural?
No, en el momento sentí mucha angustia y tuve miedo de no poder volver a escribir una palabra con sentido poético nunca más. Escribir canciones es lo que genera mi sentido vital, entonces me sentía vacío, y no podía dejar de pensar en lo difícil que me iba a resultar vivir si eso no se terminaba. Pero lentamente ese tiempo de apatía fue transformándose en un período de reflexión, que me sirvió para leer, escuchar música, ver cine, teatro, y nutrirme. Por un lado, miré mucho para adentro, tratando de atravesar los obstáculos y las dificultades humanas que se presentan todo el tiempo, intentando superar esa barrera con trabajo y con acción, pero sin forzarlo. Y por el otro, miré para afuera, en el sentido de prestarle atención a situaciones artísticas inspiradoras, como la obra de otra gente, que permite que uno se oxigene y desde ese lugar pueda crecer. De lo contrario uno corre el riesgo de encerrarse en sí mismo y caer en un círculo vicioso.
¿Dónde nota cambios respecto de su trabajo con La Portuaria?
Creo que este disco tiene una calidad de energía diferente, no necesariamente menor. Está centrado en guitarras acústicas y, si bien hay un trabajo de fondo con guitarras eléctricas, también hay zonas muy minimalistas y muy íntimas. De todos modos, en esa acusticidad, en los arreglos de cuerdas, algunos muy románticos, hay mucha fuerza y pulsión roquera, interpretada en este caso por instrumentos de madera. No todos los temas transmiten una sensación de calma y sosiego, pero se diferencia en que tampoco está hecho para bailar, sino para entrar en un viaje musical. La idea es escuchar y seguir las canciones.
¿Es más fácil hacer un disco semi acústico que uno eléctrico?
Yo no creo que ningún disco sea fácil de hacer. Quizás sea más simple microfonear y grabar, pero no es el caso de El día después , que tuvo mucho trabajo en el entramado de guitarras y en el sonido de la batería, que está tocada de una manera muy poco ortodoxa, diferente de lo habitual, incluso en otra afinación. Para mí fue un desafío: toda la manera de hacer el disco está pensada por mí, me tiré a la pileta. Escribí los arreglos de cuerdas yo mismo. Obviamente conté con la colaboración de grandes músicos, como Fernando Samalea, que orquestó las percusiones e hizo un laburo muy especial, desarticulando la manera de tocar batería en el rock y dándole un sonido más orquestal. Trabajar con gente así es como actuar junto al mejor actor de todos.
¿Cómo trabajó las letras a partir de ese cambio en el sonido?
Sin duda son más personales que varias de mis canciones previas, que solían partir del plural, de una idea sobre lo masivo. Hoy el punto de vista es el de la primera persona del singular. De todos modos, por más íntima que sea su raíz, yo creo que una letra es inevitablemente universal, porque una vez terminada, pasa a estar en la boca de todos los que la cantan o en los oídos de todos los que la escuchan. Uno puede escribir sobre algo más íntimo que una poesía social, pero el momento en que las palabras despiertan es el momento en que resuenan en otras personas. (Fuente: Lucas Garófalo – Revista Ñ digital del 20/10/2011)
“La presencia de extranjeros en las milongas de Buenos Aires es la cara de una moneda cuya cruz son las milongas del exterior… donde ahora hay gente capaz de recitar de memoria la fila de violines de la orquesta de Troilo” Ramito Gigliotti
Los nuevos bríos han traído –quién hubiera dicho- un personaje que ha revolucionado sino la esencia, al menos la escena del tango. Tangueros por opción se han entremezclado con el elenco de nativos hasta componer una presencia cotidiana y habitual que, hoy por hoy, no sorprende a nadie. Ahora bien, ¿cómo nacieron esos extraños personajes que cruzan el mundo para bailar unos buenos tangos?
A comienzos de la década del noventa, cuando el resurgimiento del tango corría mucho más por los carriles de la imaginación que por los de las posibilidades, algunos pocos extranjeros comenzaron a asomarse por los bailongos de Buenos Aires. Desamparados en medio de la noche, fascinados por esa esgrima de piernas que hacía temblar las baldosas, los viajeros se sentaban a observar a las parejas desde alguna mesa apartada de la pista; la ñata contra el vidrio en un azul de corpachones apretujados y tangos de meta y ponga.
Esas presencias discretas difícilmente pasaban inadvertidas: entre otros detalles indisimulables los deschavaba algún exceso de cortesía, beber agua mineral después de las once de la noche y los veinticinco centímetros de altura con que se elevaban por sobre la media de los milongueros; aún se recuerdan algunos esfuerzos por camuflarse detrás de medias de red o pantalones bombilla que dieron lugar a cuadros memorables. El caso es que los gringos pispeaban y tomaban nota. Con persistencia y esfuerzo los abismos culturales fueron cediendo; los extranjeros aprendieron los rudimentos del baile y venciendo el susto se animaron a incursionar en las pistas.
Mimetizados o no, sujetos de indulgencia o blanco de cargadas, aquellos primeros aventureros llevaron el tango a sus países de origen. De regreso de las excursiones porteñas comenzaron a fundar pequeñas escuelas, a invitar a maestros para que enseñen a sus alumnos, a juntarse con argentinos errantes para que aportaran lo suyo, a acercar más gente al tango y a difundirlo en los cinco continentes. El tango creció en el exterior sostenido en una extensa red de esfuerzos individuales, un boca a boca global que fue tomando forma y vida propia. Así es como, además de los simples aficionados al baile, las comunidades tangueras fueron generando sus propios profesionales: bailarines, disc jockeys, coleccionistas, mercaderes, coreógrafos, organizadores de milongas, bandoneonistas, promotores culturales, diseñadores de vestuario, investigadores y agentes de viajes.
La presencia de extranjeros en las milongas de Buenos Aires –un dato habitual a esta altura de los tiempos- es la cara de una moneda cuya cruz son las milongas del exterior. Hoy en día es posible bailar el tango en cualquier latitud y no son pocos las ciudades en las cuales cada día se puede elegir entre más de una oferta. Es en esas milongas en donde noche a noche transitan el tango los milongueros de ultramar, aquellos que luego, aéreo mediante, cumplirán el sueño de pasar un par de semanas gastando el parquet de los salones porteños.
Visitando las milongas del exterior el argentino desprevenido podrá llevarse más de una sorpresa. Encontrará allí personajes consustanciados con el tango y su cultura, entendidos en materia de baile, conocedores de sus secretos y capaces de recitar de memoria la fila de violines de la orquesta de Troilo. Y, paradojas del destino, a aquel hipotético compatriota le costará convencer a sus interlocutores de que, si bien en la Argentina el tango es un valor cultural fuertemente arraigado y tiene un peso importantísimo como constructor de identidad, en realidad es bailado y escuchado por una pequeña minoría y dista mucho de ser masivo o popular. (Fuente: Nota de Ramiro Gigliotti – Revista Ñ Digital- 18/10/2011)
Una carta de Paul McCartney, el original manuscrito de un aviso con el que buscaba baterista para los Beatles, fue recientemente encontrada por un coleccionista de monedas de Liverpool y será subastada el mes próximo por Christie’s, con una base de once mil dólares.
En el escrito del 12 de agosto de 1960, el autor de “Yesterday” ofrece una audición a un baterista cuyo anuncio fue publicado en el periódico Liverpool Echo cuatro días antes de la partida del grupo para Alemania.
El anuncio decía simplemente: “Baterista-joven-libre” y se completaba con un pedido de Paul: “El baterista que se presente debe estar listo para viajar de inmediato a Hamburgo para una gira de dos meses con los gastos pagos y 18 libras por semana. Si estás interesado ve al club Jacarandá. Sinceramente, Paul McCartney, de los Beatles”, finaliza la carta.
En aquella primera época el rol de un baterista permanente era una preocupación de la banda. Finalmente, para esa travesía mágica y misteriosa por Hamburgo de Los Beatles fue convocado Pete Best, pero el músico nunca terminó de convencer a Paul McCartney y fue despedido del grupo en 1962, para ser reemplazado por Ringo Starr. (Fuente: Diario La Nación – 18/10/2011)